Colombia, país de volcanes

 

Su monitoreo tras 40 años de la tragedia de Armero y la ciencia que vigila su actividad

Por: EDWIN CAICEDO*

¿Cómo nacen y cómo mueren los volcanes? En Colombia, hay 25 estructuras activas. Radiografía del sistema.

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Ingeniera, matemática y geofísica, ha dedicado su vida al monitoreo de esta estructura geológica, ubicada en el sur del país. Sobrevivió a un accidente en helicóptero, vivió de cerca la tragedia de 1993 y ayudó a identificar el temblor tornillo.

“Cada dato que conocemos de un volcán en Colombia tiene un costo”, dice Lourdes Narváez, líder técnica del Observatorio Vulcanológico y Sismológico de Pasto del Servicio Geológico Colombiano. Para ella, la frase no es solo retórica, es literal. De hecho, casi pierde la vida por investigar el volcán al que le ha dedicado más de tres décadas de estudio.

Era noviembre de 2009 y ella sobrevolaba el Galeras en un helicóptero Hughes 530 de la Fuerza Aérea Colombiana, adecuado especialmente para que los científicos pudieran instalar sensores y tomar imágenes térmicas. El vuelo parecía rutinario: fotografías, cámaras encendidas, un volcán humeante bajo sus pies. Pero al regresar al aeropuerto de Chachagüí, la aeronave perdió estabilidad y cayó.

El copiloto murió. Lourdes sobrevivió, atrapada en la cabina, pensando solo en una cosa: que no se perdiera la única cámara térmica con la que contaba Colombia para estudiar volcanes. “Yo le decía a mi compañero: busque la cámara, es la única que tenemos. Y después: las pilas, porque sin ellas no funciona”, recuerda. Para ella, ese episodio confirmó una convicción: en la ciencia volcánica, cada medición, cada gráfico, cada informe, lleva detrás sacrificios humanos, riesgos y pérdidas. “El dato tiene un costo, y a veces es muy alto”, recuerda.

Así ha sido su vida: una entrega de más de treinta años al Galeras, el volcán que acompaña, vigila y a veces amenaza a Pasto, su ciudad natal. Para los pastusos, el Galeras es parte del paisaje, un símbolo visible desde cualquier esquina. Para Lourdes, además, ha sido su laboratorio, su aula de clase y su misión vital.

Nació y creció en Pasto, y allí estudió matemáticas e ingeniería civil en la Universidad de Nariño. “Yo siempre veía al Galeras desde mi ventana, pero lo miraba como parte del paisaje, no como un objeto de estudio”, recuerda. Cuando el volcán se reactivó en 1989, la vida académica y personal de Lourdes dio un giro inesperado. En ese entonces aún no pensaba en volcanes; estaba concentrada en sus estudios. Pero pronto Ingeominas (hoy Servicio Geológico Colombiano) abrió una convocatoria para jóvenes interesados en apoyar el monitoreo, y ella, curiosa y aplicada, se sumó.

Lo que empezó como un trabajo temporal terminó convirtiéndose en vocación. “Uno no estudia vulcanología, uno decide ser vulcanólogo”, dice. Y así lo hizo: se graduó en dos carreras, se formó en geofísica, cursó una maestría en la Universidad Nacional y viajó a Japón y Hawái a especializarse en monitoreo y gestión del riesgo volcánico. “La vulcanología no es una carrera, es una pasión que lo acompaña a uno toda la vida”, resume.

La tragedia que marcó a la ciencia 

La memoria del Galeras también está manchada por la tragedia. El 14 de enero de 1993, durante un taller internacional de vulcanología, el volcán hizo erupción de manera súbita. Seis científicos y tres turistas murieron alcanzados por rocas y gases ardientes. Muchos de ellos habían subido al cráter para observar su actividad, pese a señales que hoy serían interpretadas con más cautela.

Lourdes recuerda ese día como un golpe definitivo en su formación: “Ahí sentí de cerca el dolor de quienes pierden a su familia. Entendí que trabajar con volcanes implica un costo enorme. Esa erupción nos dejó una lección sobre la prudencia en el campo, que sigue siendo fundamental en la vigilancia actual del Galeras”.

La tragedia del Ruiz, ocho años antes, ya había sacudido a todo el país. La erupción del 13 de noviembre de 1985 arrasó con Armero y dejó más de 23.000 muertos. Lourdes era entonces estudiante. “No dimensionaba todavía lo que significaba una tragedia de esa magnitud”, dice. Pero con los años comprendió que ese evento no sólo transformó su vocación, sino la política nacional de gestión del riesgo.

“Armero es un recordatorio permanente de que la ciencia debe estar al servicio de la vida. Cada informe que hacemos lleva esa memoria: no podemos permitir que algo así se repita en Colombia”, señala. En 2025, cuando se cumplen 40 años de la tragedia, su voz insiste en la misma idea: la vigilancia de los volcanes no es un lujo, es una necesidad vital para proteger comunidades enteras.

El hallazgo del temblor tornillo 

De la mano del Galeras, Lourdes también fue protagonista de un descubrimiento científico que hoy tiene nombre propio en la vulcanología mundial: el temblor tornillo. Todo empezó con la observación de una señal sísmica peculiar que aparecía antes de algunas erupciones. “Al principio pensábamos que eran errores de los equipos”, recuerda. Pero al analizar los registros con colegas y bajo la guía del físico Bruno Martinelli, entendieron que no se trataba de fallas, sino de un fenómeno nuevo.

El sismólogo Roberto Torres fue quien, al ver la forma de la onda, la comparó con un tornillo de rosca golosa. El nombre pegó. Lourdes identificó que, en Galeras, estas señales precedían a muchas erupciones: eran una advertencia de que la presión de gases aumentaba en el interior del volcán. “Descubrimos que el tornillo era un aviso de que algo estaba cambiando en el interior. No todos los volcanes lo muestran, pero en Galeras lo vimos con claridad”, explica.

Hoy, el “tornillo” es reconocido en observatorios de todo el mundo y es parte de la caja de herramientas con la que los vulcanólogos interpretan la actividad de estas estructuras geológicas. Para Lourdes, es un símbolo de cómo desde Pasto, con sus investigaciones, se ha aportado al conocimiento global.

Y es que, en un campo que en muchos países sigue siendo dominado por hombres, Lourdes reivindica con orgullo el papel de las mujeres en la vulcanología colombiana. Su mentora fue Martha Calvache, pionera en el estudio de volcanes y referente internacional. “Ella fue mi primera jefa y la persona que más me ha inspirado, no solo como profesional sino como ser humano”, dice.

A lo largo de los años, Narváez ha visto crecer una generación de vulcanólogas que hoy lideran observatorios, investigan y enseñan. “En el Servicio Geológico siempre ha sido natural que haya mujeres en cargos importantes. Nunca fue una imposición de cuotas: se nos valoró por nuestra capacidad y nuestro trabajo. Eso nos ha fortalecido”, dice.

Su propio liderazgo lo confirma. Desde Pasto coordina a un equipo técnico que trabaja día y noche para que la vigilancia del Galeras —y de otros volcanes del sur del país— se mantenga. “Somos un gran equipo, comprometido con salvar vidas y con fortalecer la cultura volcánica en Colombia”, agrega.

A sus 58 años, Lourdes no concibe su vida lejos de Pasto ni del Galeras. Allí nacieron y crecieron sus dos hijos, ambos médicos, que hoy la miran con orgullo. Está casada hace más de tres décadas y proviene de una familia numerosa: nueve hermanos, un hogar que, según dice, le enseñó a valorar el papel de la mujer desde la infancia. “Vengo de un padre que nunca fue machista, que siempre nos valoró por ser mujeres. Tal vez por eso se me hizo natural crecer en la ciencia” añade.

Su amor por Pasto es tan fuerte como su amor por el Galeras. “Es una ciudad pequeña que me ha permitido crecer y servirle”, dice. Y aunque ha tenido oportunidades de trabajar en otros lugares, siempre ha preferido quedarse junto al volcán que la hizo vulcanóloga.

'Mantener el monitoreo’ 

Después de más de 30 años de trabajo, Lourdes sabe que la ciencia de los volcanes en Colombia ha avanzado de manera notable. Hoy el país cuenta con tres grandes observatorios y una red nacional que vigila 25 estructuras volcánicas con cerca de 400 sensores en tiempo real. Se utilizan imágenes satelitales, inteligencia artificial y tecnología de punta para anticipar riesgos. El país se ha convertido en referente en América Latina, al punto que expertos colombianos han ayudado a crear observatorios en Chile, Argentina y El Salvador.

Pero no se conforma. “Mantener el monitoreo es fundamental y es difícil. Necesitamos apoyo constante del Gobierno Nacional, no solo para sostener las redes, sino para transmitir la información a las comunidades. La ciencia no tiene sentido si no llega a la gente”, advierte.

En su visión, la clave está en la educación, en la apropiación social del conocimiento y en la capacitación de nuevas generaciones de vulcanólogos. “Ya hay jóvenes formándose, pero necesitamos que siempre se sigan capacitando. La renovación de equipos y la formación de profesionales debe continuar, porque de este trabajo depende la seguridad de miles de personas que viven cerca de los volcanes”.

La historia de Lourdes Narváez es, al mismo tiempo, la historia del Galeras y de la vulcanología colombiana. Ha visto tragedias y avances, ha llorado a colegas y ha celebrado descubrimientos. Sobrevivió a un accidente aéreo y convirtió el miedo en compromiso. Formó a decenas de profesionales y consolidó un observatorio que hoy es ejemplo internacional.

Cuando mira hacia atrás, vuelve a aquella frase con la que empezó: “Cada dato que conocemos de un volcán en Colombia tiene un costo”. Lo dice sin dramatismo, como quien ha aprendido que la ciencia, cuando se hace con pasión y responsabilidad, siempre se paga con algo: tiempo, sacrificio, riesgo. En su caso, también con una vida entera entregada a Pasto, a la ciencia y al volcán Galeras, su eterno compañero.

*Periodista de Medioambiente y Salud 
@CaicedoUcros

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