LA CATEDRAL DE MANIZALES (COLOMBIA)
Obra de Julien Polti, Arquitecto Jefe de los Monumentos Históricos
Por. Antony GOISSAUD.
Un triunfo del arte francés
«El señor Julien Polti, arquitecto jefe de los Monumentos Históricos, zarpó el 21 de enero desde Saint-Nazaire a bordo del trasatlántico Perú, rumbo a Colombia,donde permanecerá durante algunos meses.»
La noticia corrió como pólvora y no tardó en asombrar al mundo de los arquitectos y artistas: Julien Polti, hombre de vida tranquila y metódica, lo dejaba todo —incluso su puesto en el Servicio de los Monumentos Históricos— para lanzarse a una aventura lejana en ese país convulso, caótico y volcánico que es Colombia. Parecía casi inverosímil, y sin embargo nos complace confirmarlo con enorme satisfacción.
Enterados de los rumores que ya circulaban antes de su partida, fuimos a visitar al afable arquitecto en su residencia de la villa de Alésia, cerca de la iglesia de Montrouge, vecina a la del maestro vidriero Jacques Gruber. Julien Polti ultimaba sus preparativos. La oficina estaba atestada de planos y dibujos de detalle: sin duda, así es como un arquitecto francés se prepara para cruzar el Atlántico. Fue entonces cuando nos confirmó su próxima marcha a Manizales, en Colombia, donde habría de poner en marcha la construcción de una catedral. Era el final de una «carrera contra el tiempo» que se prolongaba ya desde hacía varios meses, y una ocasión inmejorable para seleccionar algunos dibujos destinados a nuestros lectores, suficientemente numerosos como para que pudieran hacerse una idea cabal de la obra.
Julien Polti parecía tomarse con absoluta calma semejante travesía: cruzar el Atlántico, atravesar el canal de Panamá, surcar el golfo de Panamá en el Pacífico, desembarcar en Buenaventura y ascender en tren hasta Manizales a través de una región de montañas imponentes.
La República de Colombia es un país de relieve abrupto y extraordinaria fertilidad, rico en ganado, en minas de oro, plata, hierro y cobre, y en vastas extensiones de bosque; pero también volcánico y sacudido con frecuencia por terremotos. Es, además, una tierra relativamente poco desarrollada hasta la fecha, a causa de la escasez de vías férreas. Un ingeniero colombiano ha venido a remediar esa carencia, y todo hace presagiar un esplendoroso porvenir para este país prodigioso, de riqueza inagotable, situado bajo el Ecuador y enteramente en la zona tórrida. Cabe señalar también que allí no existen canteros ni talladores de piedra: la piedra se extrae a mano, particularidad que merece la atención de cualquier arquitecto.
En la primera quincena de marzo de 1927, representantes oficiales de la ciudad de Manizales y de su obispo solicitaron a Julien Polti que elaborara un rápido anteproyecto para la construcción de una catedral en esa ciudad, que dos grandes incendios sucesivos habían arrasado por completo. Al mismo tiempo, esos mismos representantes se dirigieron a otros dos arquitectos de renombre para que presentaran sus propios anteproyectos sobre la base de un mismo programa.
La mayor dificultad para los arquitectos designados era el plazo exiguo concedido —apenas cinco semanas— para llevar a buen término semejante empresa, tanto más cuanto que los anteproyectos debían ser muy completos y a una escala considerable. Fueron entregados el 28 de abril y examinados en París por una Comisión integrada por arquitectos de primera línea. Uno de ellos redactó un informe que resumía los trabajos de la Comisión y recogía la opinión de sus miembros sobre los proyectos presentados; dicho informe fue remitido a Manizales junto con los tres anteproyectos.
En esa ciudad, el Comité de construcción de la iglesia se reunió bajo la presidencia del obispo para elegir entre las tres propuestas. En aras de la equidad, el Comité admitió también en concurso otros proyectos llegados por distintas vías, algunos de ellos preparados con mucha antelación y, por tanto, largamente madurados.
El arquitecto jefe Julien Polti fue el elegido por el Comité y el obispo para desarrollar y completar su anteproyecto. A principios de junio, el autor recibió la grata noticia y se entregó con ardor a la tarea. Se trataba esta vez de un trabajo aún más vasto, que comprendía todos los detalles de la obra gruesa de esa catedral anhelada por todos y que cada cual desearía ver levantada en el menor tiempo posible. En un país joven, de vida intensa, resultaría incomprensible la lentitud que aquí imponen con frecuencia las trabas de una sociedad envejecida.
El Programa
Antes de exponer a nuestros lectores los detalles de esta catedral, conviene describir con mayor amplitud el país donde habrá de alzarse, pues la obra debe conciliar las distintas partes del programa respondiendo a necesidades muy diversas: las del territorio, las del clima, los recursos disponibles, el suelo sobre el que se construye, la forma del terreno y las exigencias del culto.
La región que rodea a Manizales no es, como podría creerse, una zona abrasadora y febril, anegada por lluvias torrenciales en ciertas épocas y agobiada por una sequía sofocante en otras. Aunque situada en la zona tórrida, Manizales, a 2.130 metros de altitud, goza de condiciones más favorables que muchas otras regiones de Colombia. Del Ecuador hereda como rasgo principal la igualdad entre el día y la noche en cualquier estación del año; y mientras en las grandes llanuras y en las costas se siente el aplastante calor de los trópicos, en Manizales la altitud regala una primavera eterna. Las lluvias no son frecuentes, y los aguaceros intensos no duran más que unas pocas horas. A treinta kilómetros y 1.200 metros más abajo corre el Cauca, entre una exuberante vegetación tropical. Al oriente de la ciudad se levanta la Cordillera Central, coronada de nieves perpetuas, con sus volcanes del Ruiz y, más al fondo, a treinta y cinco kilómetros, el Tolima, volcán en actividad que alcanza los 5.616 metros. Al otro lado del Cauca, a cincuenta o sesenta kilómetros, la mirada tropieza con la Cordillera Oriental, apenas menos imponente.
En un territorio tan accidentado, todas las formas de vegetación se concentran en el espacio más reducido, dominadas por los glaciares que relucen en las laderas más escarpadas, mientras los altiplanos se cubren de cultivos de gran variedad.
La catedral debía, pues, elevarse en esas laderas en armonía con esa naturaleza grandiosa, audaz y soberbia; pero habría sido una locura —como nos decía el propio arquitecto jefe Julien Polti— pretender rivalizar en riqueza, en detalle o en color con un entorno tan maravilloso.
No hay frío, sino frescura; no hay calor excesivo a esa altitud, sino un sol radiante. Era preciso tener en cuenta también el drenaje del agua en los momentos de lluvias intensas.
Y por último, rasgo singular y afortunadamente desconocido en nuestra apacible Francia: un país volcánico, sacudido y agitado periódicamente por terremotos, a los que los colombianos parecen conceder escasa importancia. Tras algunas conversaciones con ellos, Julien Polti nos decía con una serenidad que sin duda le habían contagiado los representantes de Manizales: «Estos terremotos no son los que engullen ciudades enteras una vez cada varios siglos, provocando catástrofes aterradoras, sino sacudidas frecuentes que agrietan los edificios ordinarios, desencajan los materiales y arruinan poco a poco todo aquello que no ha sido concebido para resistirlas.»
Hay que contar, además, con otro inconveniente. En países de organización incipiente, en la etapa fundacional de las ciudades, los grandes incendios son una amenaza constante, por la falta de medios modernos e inmediatos de socorro. Esos incendios son aún más frecuentes en una región donde las tormentas alcanzan una violencia desconocida en otras latitudes. Tal es el caso de Manizales.
El Proyecto
Con pleno acierto, estimó que ese paisaje grandioso exigía siluetas esbeltas y elegantes, capaces de hacer valer la gracia de la arquitectura frente a las formas rudas e imponentes de la naturaleza, y que eso era, por lo demás, lo que imponía un suelo en perpetuo movimiento. El edificio debía asentarse con amplitud, levantarse con una construcción perfectamente homogénea y cimentarse de modo que no admitiera ningún cizallamiento; el centro de gravedad debía situarse en la perpendicular al centro del edificio y no demasiado elevado sobre el suelo; había que evitar que las presiones se concentraran en el centro, distribuyéndolas en cambio sobre los ángulos para impedir cualquier tendencia al levantamiento de estos.
De estas necesidades y aspiraciones, el arquitecto extrajo la idea general de un edificio coronado por una gran aguja central muy esbelta, que se lanzaría desde el cruce de las cubiertas principales, flanqueado en sus cuatro ángulos por torres rematadas en pequeñas agujas igualmente afiladas. La satisfacción visual y el deseo de homogeneidad llevaron al autor a unir las torres a los grandes frontones mediante galerías. Por último, en la parte posterior, dos cuerpos más bajos flanqueando el saliente octogonal del coro albergarían las sacristías, «para equilibrar» la monumental escalinata de la fachada principal, impuesta por la pendiente del terreno. Así concebido, el edificio resulta estable y bien equilibrado.
Debe ser, en la medida de lo posible, homogéneo. El monolitismo del cemento armado ha sido tan elogiado que huelga insistir en sus virtudes; era la materia ideal para un caso semejante, tanto más perfecta en esta aplicación cuanto que ofrece la máxima resistencia y una indestructibilidad casi total frente al incendio que destruyó el edificio que se pretende reemplazar. El arquitecto Julien Polti no necesitaba, por lo demás, que nadie le convenciera de las bondades del cemento armado, pues había sido uno de sus más ardientes defensores en una época en que quienes hoy pretenden erigirse en sus únicos valedores lo negaban y ridiculizaban. Ya en 1904, este arquitecto había logrado ganar numerosas adhesiones a sus convicciones, pues fue precisamente un proyecto en cemento armado el que le valió la beca de viaje del Salón. Ese proyecto empleaba el sistema de bóvedas que Julien Polti desarrollaría posteriormente y que por primera vez se aplicaría en esta catedral.
Una iglesia se presenta ante todo como un gran vacío, una caja hueca. Sus paredes deben mantenerse perfectamente verticales y sostener con firmeza los remates superiores.
Para dotar de homogeneidad a la base y distribuir adecuadamente las cargas sobre un suelo de escasa resistencia, la solución de la plataforma se imponía por sí sola. Sin embargo, en ese país montañoso el terreno presenta una fuerte pendiente y una baja capacidad de compresión, aunque no está sujeto a deslizamientos ni asentamientos. La plataforma se apoyará en varios niveles más o menos empotrados en el suelo, aunque no demasiado profundamente; las distintas partes de la plataforma quedarán unidas entre sí por muros verticales que formarán vigas reforzadas por cartelas oblicuas a modo de escuadras entre las superficies verticales y las horizontales.
La plataforma, destinada a resistir las reacciones del suelo, será rigidizada por encima mediante una retícula de vigas y viguetas. Los distintos niveles de la plataforma quedarán por debajo de la altura necesaria para establecer los suelos: primero, ante la escalinata y bajo la primera mitad de la iglesia, el suelo de una amplia cripta; luego, bajo la segunda mitad, el suelo de una sala baja transversal, de toda la anchura del edificio, que podrá destinarse a diversos usos; y finalmente, el suelo del fondo de la iglesia, situado a un nivel inferior al de la calle que bordea el lado posterior del terreno. Por encima de todo este conjunto, el suelo de la iglesia forma una gran losa de cemento armado sostenida por viguetas, vigas, arcos, pilares, muros y columnas del mismo material, apenas perforada para el paso de algunas escaleras. Esta losa, junto con la plataforma inferior, constituye un cajón inferior homogéneo, continuo, monolítico y macizo, hundido en el suelo, que mantiene la base de todos los pilares en su separación. A un nivel superior, un nuevo cajón enlaza y rodea con amplitud todos esos pilares. La parte inferior de este cajón superior, formada por bóvedas y arcos, se apoya bastante abajo sobre los muros y los pilares, y queda unida por láminas en la parte superior, que constituye una enorme losa perforada únicamente en el espacio de la iglesia alta.
Dicha losa hace las veces de terraza entre las torres y los muros de las naves, o de forjado en el interior de las torres, los triforia y las grandes tribunas. Más arriba aún, las torres quedan unidas a las naves mediante una galería, y sus muros interiores se encadenan por medio de dos forjados. Los pilares y los muros se unen también por galerías sobre los triforia y, finalmente, en la cima, por un nuevo cajón formado por los arcos de las bóvedas de las cubiertas.
Es precisamente en ese cajón superior donde se presenta la ocasión de aplicar una combinación de bóvedas y arcos que el arquitecto jefe Julien Polti había meditado durante un cuarto de siglo a lo largo de estudios de gran interés.
Antes de exponer la distribución interior, conviene señalar, al presentar la planta de la iglesia, una particularidad que nuestros lectores habrán advertido sin duda en esta catedral: se accede a ella con facilidad por tres de sus cuatro lados mediante amplias escalinatas. Esta singular concepción fue dictada por la necesidad de facilitar las salidas en caso de pánico provocado por un terremoto. Por la misma razón, otras escaleras de menor importancia comunican directamente con el exterior de la fachada posterior las dos pequeñas sacristías. Podría objetarse que, ante un movimiento sísmico, los fieles estarían más a salvo dentro de un edificio construido expresamente para responder a tan particular exigencia que en medio de las calles; sin embargo, hay que tener en cuenta que no es posible imponerles la obligación de permanecer en su interior, y que la impresión es tal que algunos no pueden resistir el pánico. Cuando la nueva catedral de Manizales haya soportado las primeras sacudidas y queden demostradas su solidez y su estabilidad, el valor de la obra del arquitecto jefe del Servicio de Monumentos Históricos, Julien Polti, se afirmará con mayor fuerza aún, y los fieles y los habitantes la considerarán en el futuro como un lugar de refugio incomparable y seguro.
La distribución
Dado que el terreno presentaba una fuerte pendiente, la parte delantera debía destinarse a una cripta; esta permitirá multiplicar los oficios religiosos y disponer los sepulcros para los obispos.
La iluminación directa de la cripta se logra mediante seis grandes ventanas que se abren bajo la gran escalinata.
El deseo de añadir altares secundarios, de multiplicar los puntos de apoyo para trabar mejor la plataforma de cimentación con el suelo de la planta baja, de reducir también los vanos de esta última y de aumentar las cargas en la parte inferior, llevó al arquitecto a tratar la arquitectura de esta sección de manera robusta y en varias naves.
La cripta se divide en nave central con dos naves laterales, a cuyos lados se abrirán capillas; las tres naves rematan en ábside de cuarto de esfera, cada uno con su altar. A cada lado de la cripta hay una sacristía cerrada por muros e iluminada por un enlosado de vidrio colocado en el suelo de los pórticos laterales.
La planta de la iglesia debe responder, según el deseo de las personas ilustradas que dictaron el programa, a dos necesidades principales: primera, aprovechar el mayor espacio posible para los fieles; segunda, facilitar la evacuación rápida en caso de pánico, pánico que se repite con frecuencia a causa de los numerosos terremotos. Accesoriamente, prever un gran número de altares, pues en este edificio puede reunirse un clero muy numeroso.
Para atender a estas consideraciones, los puntos de apoyo se redujeron en número e importancia, y cuando algunos obstruyen la visión, los espacios desfavorecidos se aprovecharon con ingenio para usos distintos al de la circulación. Tal es el caso, por ejemplo, de las franjas de terreno situadas bajo los triforia en la nave, donde desembocan las escaleras de la cripta frente a pequeños altares.
Los espacios bajo las cuatro torres, más cerrados, así como los fondos de las naves, se habilitan como capillas secundarias.
Los pórticos laterales, tan necesarios para la evacuación rápida, se sitúan bajo las dos tribunas. Un pórtico secundario se integra en la composición del altar mayor, desplazado lo más atrás posible para aprovechar toda la longitud de un terreno demasiado corto.
Las salidas son tres: una en la fachada principal y dos simétricas en las fachadas laterales, a las que se suman dos pequeñas escaleras dispuestas a ambos lados del coro que desembocan en un pequeño pórtico de la fachada posterior. Como nos decía Julien Polti: «Así se está preparado para las catástrofes, y de este modo se realiza la iglesia moderna tal como la soñó Paul Claudel, el gran teórico católico contemporáneo: no la iglesia cerrada, sino la iglesia encrucijada, que atraviesa para rezar un momento aquel que lleva una vida activa.»
Por lo demás, cuando se desea el recogimiento, las puertas pueden cerrarse fácilmente, vedando la entrada pero facilitando igualmente la salida. Es deseable que la iglesia permanezca así durante las ceremonias o la predicación. Esta se realiza desde lo alto de un púlpito adosado a uno de los grandes pilares, cubierto por un tornavoz de amplio vuelo; el púlpito está situado de tal manera que la voz alcanza hasta el último rincón de este vasto edificio, y queda frente a la tribuna destinada al Seminario, a quien la predicación ha de interesar de manera especial. La otra tribuna será ocupada por la Escolanía y el gran órgano. Para los anuncios menores, los ambones que flanquean el coro son suficientes; se encuentran próximos a la cátedra parroquial y al trono episcopal.
Ante el coro, sobre un peldaño, se extenderá con amplitud la mesa de comunión en hierro forjado; y detrás de ella, los dos ambones revestidos de piedra reconstituida y amplias bandas de mosaico resplandeciente enmarcan la escalera que asciende al coro, cuyos peldaños serán de losas de piedra dura y las contrahuellas revestidas de mosaico.
Al fondo del coro, enmarcado en un gran arco ojival, se alzará el altar mayor de piedra importada de Francia, con un retablo de simili-piedra y mosaico coronado por un tabernáculo de piedra en cuyos ángulos se alzarán dos grandes ángeles, cuyas alas entrelazadas formarán el expositor. El muro del fondo se decorará con mosaico, y en su centro se erigirá un gran Cristo en bajorrelieve.
Para realzar aún más este conjunto decorativo, el mosaico aportará también sus bellas tonalidades en los tímpanos de los pequeños arcos ojivales, mientras una banda igualmente de mosaico coronará el muro de cierre del coro por encima de las sillerías; los anillos de las columnas y las incrustaciones de la parte baja serán asimismo de mosaico, en armonía con un coro que debe poseer, como corresponde a una catedral, cierta suntuosidad.
Al nivel de las tribunas, y comunicados con ellas, se disponen triforia iluminados por pequeñas ventanas. Estos triforia se sitúan igualmente al nivel de las terrazas en los cuatro ángulos del edificio, coronados por galerías de servicio desde las que se accede mediante escalones a las galerías que rematan la arcatura exterior.
Sobre las galerías altas se abren los grandes ventanales ojivales. Amplios espacios quedarán reservados a las vidrieras: las grandes ventanas superiores para las grandes escenas, los rosetones y las ventanas de los triforia para vidrieras sin tema, es decir, puramente decorativas. Las ventanas de la precinta estarán guarnecidas de vidrieras con pequeñas escenas. Si las vidrieras aparecen sobre fondos lisos, estos no serán pobres, pues junto a las galerías realzadas con molduras, las fajas, las columnas, un zócalo de estuco rodeará hasta las ventanas bajas todo el edificio y servirá de soporte a motivos como las estaciones del vía crucis, que serán también de mosaico para guardar armonía con el coro.
La escultura tendrá igualmente su protagonismo: Julien Polti piensa en un Cristo monumental sobre uno de los pilares que sostienen una tribuna, y en el pilar opuesto de la tribuna de enfrente, una Virgen; luego grandes estatuas —los apóstoles, sin duda— sobre los otros cuatro pilares principales.
El sistema de iluminación
El sistema de iluminación está tomado del ideado en la Catedral de Reims por el distinguido arquitecto Henri Deneux, quien suprimió allí los globos eléctricos colgantes que conocíamos antes de la guerra y que resultaban de un efecto tan ingrato. Las claves de los arcos son huecas para poder alojar en su interior una lámpara eléctrica que refleja su luz sobre las paredes, preparadas en forma y color a tal efecto. Catorce potentes focos de este tipo, dispuestos en las bóvedas altas, y las bóvedas bajas proporcionarán una iluminación difusa general. La luz difusa goza de gran favor en nuestra época; será también muy apreciada en las iglesias, y la idea del arquitecto Henri Deneux es de las más afortunadas.
La iluminación indirecta comprenderá lámparas colocadas detrás de los dinteles de los triforia y pequeñas apliques dispuestas sobre los pedestales del vía crucis. Por último, la iluminación de gala estará constituida por lámparas de perla que formarán el centro de las flores en rosetón que decorarán el friso de mosaico del muro de cierre del coro.
Las bóvedas
«La idea genérica parte de que el punto de cruce de los elementos de cemento armado es un punto de resistencia, al contrario de lo que ocurre en la construcción de madera, aproximándose en este aspecto a la construcción de mampostería; idea formulada en su día por el maestro De Baudot.
Un principio innegable es la ventaja que ofrece el empleo de las triangulaciones. De esta idea y de este principio se desprende que unos elementos que se entrecruzan sobre planos triangulares y representan triángulos ofrecerán una mayor resistencia.
Por otra parte, los arcos ofrecen una resistencia mayor a las presiones, trasladan más abajo las cargas exigiéndoles menor resistencia al pandeo y las vinculan mejor entre sí. Si el arco parabólico es el más resistente, se presta también de manera menos perfecta a la vertical que el círculo, que sí puede serle tangente. Por último, la cuerda presenta fragmentos siempre semejantes que permiten combinar mejor sus encuentros, trazar con mayor precisión las superficies que engendra y facilitar la ejecución gracias a la unidad de elemento.
Partiendo de estos principios, he dispuesto en los vértices de un hexágono seis puntos de apoyo. La bóveda que cubre este hexágono —bóveda central de la iglesia— estará formada por arcos que unen sus apoyos de dos en dos, dibujando en planta una estrella. Sobre cada uno de los lados de esta estrella se levantará un arco de medio punto que une un pilar con el siguiente; dicho arco dejará entre él y sus semejantes plementos sobre planos triangulares en torno a un ojo central, hasta los lados del hexágono, configurando los lados de una cúpula con plementos.
En torno a la bóveda central se
desplegarán los brazos de la cruz que dibuja la iglesia, formados igualmente por arcos de igual curvatura. Los pilares laterales sostienen las dos tribunas: una para la Escolanía y otra para el Seminario. Alrededor de estos pilares las bóvedas se irradiarán simétricamente, de modo que se apoyarán a lo largo del muro del crucero en un arco de medio punto paralelo al que unirá los pilares del coro.
En la nave y en el coro, la misma curvatura de arcos se apoya en pilares dobles: el delantero sostendrá las galerías y el trasero el muro de cierre de la parte alta. Estas bóvedas tendrán, pues, un trazado especial, intermedio entre el de las bóvedas del siglo XII, las bóvedas angevinas de la misma época y las bóvedas inglesas del siglo XV. Su ejecución será sencilla gracias a la unidad de curvatura y de anchura.
Pero los grandes arcos de estas bóvedas no tienen como única función la de sostenerlas; deben también soportar las cubiertas y compondrán en su conjunto un gran cajón. Serán, pues, arcos diafragma —como se decía antiguamente— o «velos», según el nuevo vocablo. La losa que soporta la cubierta desempeñará por encima su habitual función de rigidizador; pero para arriostrarlos mejor, un alto caballete en ménsula se apoyará de uno a otro, y en la base el arco que hace de ligadura separando los plementos tendrá forma de T. La losa superior de esta T servirá de pasarela de servicio, y pequeños vanos permitirán atravesar los velos.
Seis de estos arcos diafragma rodearán en dientes de sierra la cúpula central, y sobre ellos se levantará un tabique vertical con dos aletas inclinadas a cada lado, soportando todo ello una gran plataforma calada en los centros. Por encima, son necesarios vanos para dejar pasar el sonido de las campanas, aunque conviene también amortiguarlo. Unas losas menos inclinadas que la aguja, reforzadas con viguetas, vincularán los postes inclinados de esta última con los postes rectos de los pináculos, que entre sí crearán nuevos triángulos de rigidización.
Sobre todo este conjunto, la aguja puede volverse casi maciza —con apenas algunas ventilaciones—; puede ser, pues, simplemente una losa, pero debe ser una losa suficientemente rígida para no deformarse y, al mismo tiempo, suficientemente flexible para resistir el viento. Se plegará en veinticuatro paños con ángulos alternos salientes y entrantes.
Las pequeñas agujas serán del mismo tipo, pero con cuatro pináculos, octogonales en la base y dodecagonales en la parte superior.
Quedará por asegurar la rigidez de los grandes hastiales, que deben no obstante estar calados. El hastial de fachada se abre bajo un arco ojival por encima de la galería que une los triforia; una viga en voladizo cubrirá a modo de tejado la galería. Por encima, un triángulo curvilíneo tangente a un gran círculo mantendrá las caras de los grandes vanos.
En los hastiales laterales, un juego de tres rosetones entrelazados será atravesado por grandes vigas horizontales y verticales que prolongarán la armadura de los hastiales.
Es sirviéndose de todos estos elementos constructivos, internos o externos, como la decoración se desarrolla. Si las formas arquitectónicas emergen de una construcción completamente a la vista, al menos lo hacen sin brutalidad buscada. Con la mayor sinceridad se procura servirse de ellas, presentarlas, y no enmascarar sus partes bajo vanos pretextos de falsa simplicidad o por temor a evocar las formas del pasado.
Ni un medio de construcción nos parece patrimonio exclusivo de un grupo o de una fórmula que lo represente, ni una forma nos parece pertenecer a un estilo definido, ya se trate de dintel, columna, arco de medio punto, ojival o trilobulado. La originalidad reside en el pensamiento. Todo está en la manera de utilizar los elementos de que se dispone, de emplear los materiales y los procedimientos.»
Conclusión
El éxito de Julien Polti es un éxito para la arquitectura francesa, y estamos seguros de que la estancia de nuestro compatriota en Colombia constituirá para nuestro país la mejor propaganda artística. Cabe desear también que el señor Polti sea un consejero ilustrado en lo que respecta al equipamiento de la catedral. Es preciso que esta obra no quede malograda por elementos decorativos carentes de valor artístico y en absoluta disonancia con la belleza del edificio. Los colombianos de Manizales han demostrado su buen gusto en la elección del proyecto; podemos, pues, confiar en que consultarán al arquitecto autor para recurrir a nuestros mejores vidrieros, escultores, herreros y mosaístas, y entonces, solo con esa condición indispensable, la catedral de Manizales será enteramente perfecta.
Antony GOISSAUD.
La información que hemos ofrecido y la abundante documentación publicada en este artículo y en el del pasado 11 de marzo —número 24 de La Construcción Moderna— son suficientes para mostrar cuán cuidadosamente ha sido elaborado el proyecto del arquitecto Julien Polti; sus concepciones son todas de extraordinario interés, y nuestros lectores comprenderán hoy con mayor claridad por qué este proyecto fue seleccionado por la Comisión.
La Construcción Moderna — 11 de marzo y 15 de
abril de 1928.
Documento suministrado por Pedro Felipe Hoyos Corbel, en 2026.



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