El País de España, Bogotá - 03 AGO 2026
JAVIER VIDAL
La ciudad más poblada de Colombia aumenta año tras año sus espacios verdes. La naturaleza, sin embargo, sigue un ritmo distinto al de la política

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Un colibrí liba una flor en la carrera séptima ajeno a los barrios y a los planes de ordenamiento urbano. Desde el aire, Bogotá es un enorme mosaico de ladrillo y cemento salpicado por árboles, arbustos y flores donde detenerse unos segundos antes de reanudar el vuelo. Para un colibrí, la ciudad se mide por la distancia entre una flor y otra. Los urbanistas llaman a esa continuidad infraestructura ecológica, una red de árboles, jardines, humedales y corredores verdes que permite a aves, insectos y otras especies desplazarse. Cuando esa red se fragmenta aparece otra forma de desigualdad: la brecha verde.
La capital de Colombia tiene 1,6 millones de árboles, cerca de 175.000 metros cuadrados de jardines, más de 5.000 parques y ha recibido en seis ocasiones consecutivas el reconocimiento Tree Cities of the World, una iniciativa de la FAO y la Arbor Day Foundation, que distingue a las ciudades comprometidas con la gestión de sus bosques urbanos. Pero los árboles también dibujan un mapa social. La brecha verde describe las diferencias en el acceso a la sombra, a un aire más limpio y a espacios donde la temperatura puede descender hasta tres grados dentro de la misma ciudad. Revela qué barrios concentran esos beneficios y cuáles apenas disfrutan de ellos. Basta cambiar de barrio para comprobar que el verde cambia de color según el estrato. En Bogotá, las viviendas se clasifican en seis estratos socioeconómicos para asignar subsidios y contribuciones en los servicios públicos: los más bajos reciben ayudas y los más altos pagan un sobrecoste que contribuye a financiarlas. También la naturaleza parece obedecer esa lógica.
La desigualdad también tiene una dimensión temporal. Mientras las legislaturas duran cuatro años, los ecosistemas necesitan décadas para consolidarse. Cristian Castro, taxónomo y botánico, lo resume en una frase: “Queremos verlo todo verde ya, pero la naturaleza tiene un ciclo muy lento”. Habla sentado bajo la sombra de un magnolio cuyo tronco permanece protegido con una funda para impedir que los visitantes graben sus nombres sobre la corteza. Después baja la vista hacia el césped, una especie procedente de Europa. Incluso el suelo de un parque responde a una decisión económica. La naturaleza y su diseño. “En cuatro años de una alcaldía no vas a arreglar esto. Son procesos de quince años”.
Tras una pausa, añade: “El verde es un privilegio”.
Ese privilegio se ve. Tiene otros colores. En los parques de los estratos cinco y seis, al norte y nororiente de Bogotá, predominan los azules de los agapantos y las hortensias, el fucsia de las azaleas, el rojo de las rosas mexicanas y el blanco de alcatraces y lirios. Son especies ornamentales que requieren riego, mantenimiento y una reposición constante, financiados en muchos casos por empresas privadas y asociaciones de vecinos. Su color permanece porque está diseñado para su contemplación. En los estratos medios, el paisaje cambia. Los corredores verdes combinan el amarillo de los chicalás y los alcaparros con el morado de los sietecueros, una paleta diseñada por el Jardín Botánico para extender la vegetación por separadores, parques y avenidas. En el sur, el color responde a otra lógica. El presupuesto prioriza la resistencia y el uso intensivo del espacio público que congrega a amigos y vecinos. El verde de las acacias y los eucaliptos domina durante buena parte del año hasta que, con las lluvias, las copas de los chicalás se vuelven amarillas. Dura unas pocas semanas.
Los parques urbanos no sólo albergan árboles: albergan tiempo, y ese tiempo, como el propio verde, se reparte de distinta forma. Un estudio publicado en 2025 por el profesor de la Pontificia Universidad Javeriana, Juan G. Yunda, analizó 636 parques y miles de reseñas de Google Maps. En las zonas de mayores ingresos, la ocupación alcanza su máximo alrededor del mediodía y desciende con rapidez a partir de las seis de la tarde. Los fines de semana el patrón se repite: el uso se concentra en las horas centrales del día. En los barrios de ingresos medios y bajos ocurre lo contrario. Entre semana los parques permanecen activos hasta bien entrada la noche y los sábados y domingos mantienen una ocupación intensa durante buena parte de la tarde.
Las palabras que los usuarios utilizan para describir esos espacios también cambian. En los sectores populares predominan términos como canchas, fútbol, baloncesto, juegos o niños. En los barrios de mayor renta aparecen con más frecuencia perros, caminar, árboles o arquitectura. La seguridad, en cambio, figura entre las principales preocupaciones en todos los estratos.
Al sur, en Timiza, en Kennedy, Miriam Duarte —a punto de cumplir 70 años— explica por qué siempre vuelve por aquí: “Es el parque más cerca que me gusta, porque es el que tiene más naturaleza y más ambiente de parque”. A su alrededor, un grupo de jóvenes graba un vídeo de defensa personal y el deporte, los perros o los enormes eucaliptos que rodean el lago aparecen en las conversaciones. A unos veinte minutos a pie, en el parque La Amistad, la preocupación cambia. Silvia Castillo, sentada en un banco junto a sus dos hermanos, no habla de árboles: “Se viene deteriorando porque nadie les hace mantenimiento. Entonces llegan los viciosos y la gente deja de venir”. En el parque de la 93, en cambio, resulta difícil encontrar esa misma relación cotidiana. Los niños juegan bajo la mirada de sus padres mientras un evento musical reúne a turistas y visitantes. Más que un parque de barrio, parece un escaparate de la ciudad.
Los barrios con menos densidad de árboles y los parques peor valorados son precisamente aquellos donde el espacio público desempeña un papel más importante en la vida de los bogotanos. Allí el parque sustituye aquello que otros barrios encuentran en jardines privados, clubes deportivos o conjuntos residenciales. La naturaleza deja de ser un elemento decorativo para convertirse en una infraestructura social.
La alcaldía trabaja para corregir esas desigualdades e impulsa la creación de jardines biodiversos y sistemas urbanos de drenaje sostenible. Plantar árboles, sí, pero también decidir qué especies plantar y a qué distancia, introducir especies nativas y extender la sombra y el color en lugares que tradicionalmente han sido olvidados.
Mientras la política encadena legislaturas, el colibrí cuenta las flores. La distancia entre una y otra dibuja un mapa invisible de Bogotá. El colibrí desaparece.
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